La psicología sugiere que lo más solitario del envejecimiento es recordar una versión anterior de ti que lleva perdida 10 o 20 años

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El envejecimiento no sólo implica tener cambios físicos y sociales. También transforma la forma en la que nos vemos a nosotros mismos. Una idea que cada vez se encuentra más extendida en psicología apunta a algo más sutil. Lo más solitario no es ir perdiendo cosas o personas, sino reconocer que existe una versión de ti, de hace 10 o 20 años, que ya no encaja con quien eres hoy. Y darse cuenta de eso puede pesar más de lo que parece.

La soledad que no se ve

La soledad en el envejecimiento muchas veces no tiene que ver con estar solo. De hecho, los expertos diferencian entre aislamiento social y una sensación de no sentirse conectado con nada ni con nadie, ni siquiera con uno mismo.

Con el paso del tiempo, muchas personas experimentan lo que se considera como «soledad existencial», una desconexión interna que aparece en las personas cuando la vida cambia más rápido que la identidad del sujeto.

Es ahí donde surge esa sensación de ir recordando quién eras antes y sentir que esa versión anterior de ti mismo ya no existe, ya no tiene que ver con la personalidad o no puede recuperarse.

El «yo del pasado»

La psicología ha demostrado que nuestra percepción del yo va cambiando con los años. No somos seres estáticos, ya que vamos cambiando nuestra historia, nuestras decisiones y nuestra personalidad.

Este fenómeno se conoce en psicología como «edad subjetiva», y significa cómo de jóvenes o mayores nos sentimos respecto a nuestra edad real. Este término tiene un impacto directo en la soledad.

Cuando la distancia entre el «yo actual» y el «yo pasado» se percibe como demasiado grande, puede aparecer una sensación de pérdida que es muy difícil de explicar. No es simplemente nostalgia, es una ruptura que tiene la persona con su propia identidad.

¿Por qué nos sentimos más solos?

Los datos de los expertos son claros, ya que la soledad aumenta con el envejecimiento, impulsada por los cambios vitales como la jubilación, pérdida de relaciones, de seres queridos o deterioro de la salud.

Pero hay un factor que es menos visible: el cambio interno que sufre uno mismo. A medida que envejecemos, también cambia la forma en que nos recordamos. Estudios recientes señalan que nuestra percepción del pasado se va volviendo más confusa, como si las distintas versiones de nosotros mismos se fuesen mezclando.

Esa «comprensión del yo» puede hacer que sintamos que hemos perdido algo esencial dentro de nosotros, aunque nuestra vida siga rodeada de gente y sigamos siendo nosotros.