La experta Blanca Gómez (@blancagomez_lifestyle), en un vídeo que se ha hecho viral en redes sociales, explica que el papel de horno, ampliamente utilizado en la cocina, se fabrica mediante procesos industriales que pueden generar sustancias potencialmente tóxicas, las cuales se liberan en el horno ante la exposición a las altas temperaturas. Entre los compuestos de mayor preocupación se encuentran los PFAS, una familia de sustancias químicas perfluoroalquiladas y polifluoroalquiladas extremadamente estables y persistentes. No se degradan fácilmente en el medio ambiente y pueden permanecer durante largos periodos de tiempo, además de acumularse en el organismo.
Según la Asociación Italiana de Médicos para el Medio Ambiente (ISDE Italia), la exposición a este grupo de sustancias se ha relacionado con problemas que afectan al hígado, al sistema endocrino, especialmente la tiroides, al sistema reproductor, así como con posibles efectos inmunológicos. Francesco Romizi , responsable de comunicación y relaciones públicas de ISDE, advierte: «la mayoría del papel de horno contiene PFAS. A la hora de comprar, es preferible elegir productos que indiquen su ausencia en la etiqueta. En general, es importante seguir al menos las indicaciones mínimas indicadas en nuestro documento de posición, es decir, evitar superar las temperaturas recomendadas y reutilizar el papel de horno si ya ha estado expuesto a estrés térmico».
Una experta advierte sobre el papel del horno
El papel de horno convencional destaca por su color blanco y su capacidad antiadherente, dos características que lo hacen muy cómodo en su uso diario, pero que también tienen un origen técnico que conviene conocer. Según explica Blanca Gómez, ese blanco tan uniforme es el resultado de procesos de blanqueo industrial que pueden implicar el uso de compuestos como el cloro. Durante este proceso, pueden generarse subproductos que se liberan al medio ambiente, como las dioxinas, sustancias que han sido estudiadas por su posible impacto acumulativo en el organismo.
A esto se suma el recubrimiento antiadherente que incorporan muchos papeles de horno, el cual puede contener PFAS o siliconas. Los PFAS no se degradan fácilmente y pueden acumularse en el organismo, mientras que las siliconas pueden descomponerse en siloxanos y otros compuestos derivados. Ante este escenario, Blanca Gómez propone alternativas como el uso de papel de horno sin blanquear, reconocible por su color marrón. Este tipo de papel evita el proceso de blanqueo con cloro y reduce la presencia de algunos compuestos asociados a estos tratamientos industriales. Además, también plantea otras opciones que sustituyen directamente al papel de horno.
El material que se introduce en el horno es solo uno de los aspectos a tener en cuenta si se busca una cocina más segura. Otro factor importante es el tipo de material de las sartenes, los tuppers, las tablas de cortar o incluso las bandejas y superficies internas de las freidoras de aire caliente.
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Frente a estas preocupaciones, la buena noticia es que existen alternativas. Uno de los primeros pasos para reducir la exposición a estos compuestos es optar por papel de horno ecológico o sin blanquear. Otra de las alternativas son los tapetes de silicona reutilizables de calidad alimentaria, los cuales se pueden utilizar cientos de veces y no contienen PFAS. Sin embargo, la calidad de la silicona es fundamental; lo ideal es elegir productos de fabricantes que cuenten con certificaciones de seguridad alimentaria claramente indicadas en el envase.
Finalmente, una alternativa sencilla, que procede de una tradición que muchas personas han ido olvidando, es el uso de grasas naturales para evitar que los alimentos se peguen. En muchos casos, un poco de aceite de oliva extendido sobre la bandeja del horno puede ser suficiente para garantizar una cocción adecuada sin necesidad de utilizar papel de horno.
PFAS
El impacto de los PFAS en el medio ambiente está relacionado con su gran persistencia y toxicidad, ya que no se degradan fácilmente y pueden permanecer durante largos periodos en el suelo, el agua y el aire. Estos compuestos pueden filtrarse en el terreno y llegar a las fuentes de agua, además de transformarse en ciertos gases fluorados que se liberan a la atmósfera. Una vez en el aire, contribuyen al calentamiento global y al cambio climático, y posteriormente pueden regresar nuevamente al suelo y al agua a través de la lluvia ácida. Este proceso crea un ciclo de contaminación que se perpetúa en el tiempo y que agrava de forma progresiva la crisis ambiental.
«La contaminación por PFAS no solo plantea un desafío ambiental y sanitario, sino también económico. Esto se refleja en un estudio elaborado por la Comisión Europea, que cifra en cientos de miles de millones de euros el impacto acumulado que estos compuestos pueden generar hasta 2050. En un escenario de continuidad, se estima un valor actual de 360.000 millones de euros en costes sanitarios entre 2024 y 2050, a los que se suman 78.300 millones en remediación de suelos y tratamiento de aguas», detalla Asegre.
