Las personas procrastinadoras representan entre el 20 y el 25% de la población adulta, según los datos que maneja la psicología clínica. En el ámbito universitario, esa cifra puede llegar al 70%. Es un patrón de conducta muy extendido, y también uno de los más malinterpretados: quienes lo padecen ya saben, en la mayoría de los casos, que aplazar les perjudica.
Conocen los plazos, calculan las consecuencias y aun así no actúan. Eso descarta el juicio que cualquiera podría tener de inmediato, y es que quien procrastina no sabe organizarse. El problema de las personas procrastinadoras, según la línea de investigación más sólida al respecto, está en otro lugar. No en el tiempo, sino en las emociones.
Las personas procrastinadoras no gestionan mal el tiempo: ¿Qué es lo que les ocurre realmente según la ciencia?
Para tratar estas temáticas, que son un tanto sensibles, lo mejor es recurrir al campo científico. En este sentido, la referencia más citada en este campo es el trabajo del psicólogo canadiense Tim Pychyl, del Grupo de Investigación sobre Procrastinación de la Universidad de Carleton, en Ottawa.
Junto a la investigadora Fuschia Sirois, Pychyl publicó en 2013 en la revista Social and Personality Psychology Compass un estudio que reorientó el debate: la procrastinación, concluían, no es un fallo en la planificación, sino una estrategia de regulación emocional.
Cuando una tarea genera malestar (aburrimiento, ansiedad, inseguridad o frustración), el cerebro busca alivio inmediato. Aplazar la tarea produce ese alivio. ¿Por qué? Pues porque elimina el malestar en el corto plazo. El problema es que también refuerza el ciclo. El alivio momentáneo hace más probable que la próxima vez se vuelva a aplazar, y así sucesivamente.
Por otra parte, el psicólogo Piers Steel llegó a conclusiones similares en su revisión de 2007 publicada en Psychological Bulletin.
Según Steel, los factores que mejor predicen si una persona va a aplazar una tarea no tienen que ver con sus habilidades de organización, sino con cómo le hace sentir esa tarea antes de empezarla.
La amígdala más grande y la base biológica de las personas procrastinadoras
Un estudio de 2018 publicado en Psychological Science, realizado con el escaneo cerebral de 264 personas en la Ruhr-Universität Bochum (Alemania), aportó evidencia anatómica a esta hipótesis. El equipo, liderado por Caroline Schlüter y Erhan Genç, descubrió que quienes tienden a procrastinar tienen una amígdala más grande que la media.
Recordemos que la amígdala es la estructura cerebral vinculada al procesamiento emocional y a las respuestas ante el malestar. Una amígdala más activa hace que las personas sean más sensibles a las emociones negativas que genera una tarea difícil, y más propensas a evitarlas.
Los factores que más predicen la procrastinación, según los datos acumulados, son los siguientes:
- La aversividad percibida de la tarea: cuánto disgusto, aburrimiento o ansiedad genera.
- La baja autoeficacia: la poca confianza en las propias capacidades para completarla.
- La impulsividad y la baja concienciación.
- El miedo al fracaso y el perfeccionismo.
El denominador común de todos ellos es emocional. Y reiteramos aquí que no es que la persona no sepa organizarse. Es que la tarea le genera un estado de ánimo que el cerebro quiere evitar cuanto antes.
¿Por qué las técnicas de gestión del tiempo no resuelven el problema?
Esta comprensión tiene una consecuencia directa sobre las soluciones. Si el problema es emocional, una agenda más detallada o una aplicación de productividad no llegan al fondo del asunto.
En este marco, la psicología clínica apunta hacia la regulación emocional como vía de trabajo. Lo que propone es identificar qué emoción específica genera cada tarea y desarrollar estrategias para tolerar ese malestar sin evitarlo.
Para finalizar, las consecuencias de la procrastinación crónica van más allá de los plazos incumplidos. La investigación la asocia a estrés sostenido, síntomas de ansiedad y depresión, baja satisfacción vital y menor rendimiento a largo plazo.
Por eso, podemos concluir que no es un defecto de carácter. Tratarla como tal es, según los datos, la forma menos efectiva de afrontarla.
