Cultura · 5 min de lectura
El Carnaval de Montecristi: la guerra festiva entre los Toros y los Civiles
En Montecristi el carnaval se pelea a fuetazos: toros contra civiles, una tradición con raíces del siglo XIX y un choque real de 1923.

Un carnaval que se pelea, no solo se baila
En casi todo el país, el carnaval dominicano se asocia con los diablos cojuelos de La Vega o los lechones de Santiago. Pero en Montecristi, en el extremo noroeste de la isla, la tradición tomó un giro distinto: cada domingo de febrero, dos bandos —los Toros y los Civiles— salen a las calles a enfrentarse, literalmente, a fuetazos. No es una pelea real en el sentido de violencia gratuita, sino un ritual coreografiado donde, según los propios historiadores locales, se escenifica una lucha "mágico-religiosa" entre el bien y el mal, aunque para quien lo presencia por primera vez el ruido de los cueros restallando y el forcejeo entre las dos figuras puede parecer, por momentos, demasiado real.
De dónde viene la tradición
El carnaval llegó a la isla con la colonización española: el cronista e investigador Fradique Lizardo documentó que ya en 1516 se celebraba un baile de disfraces en la casa del virrey Diego Colón, en Santo Domingo, donde los asistentes se lanzaban naranjas y huevos rellenos de cera. La Corona española llegó a prohibir estas celebraciones por decreto real en 1519 y de nuevo en 1578, sin éxito duradero: la fiesta sobrevivió y se fue adaptando en cada región de la isla a su propia mezcla cultural.
En Montecristi, esa mezcla fue particularmente diversa. Entre 1533 y 1750 la provincia recibió oleadas de inmigrantes canarios que convivieron con personas esclavizadas de origen africano, además de familias francesas, italianas, chinas y haitianas, según recoge la investigadora y directora cultural Olga Loverti. De esa convivencia salieron buena parte de los personajes que hoy definen el carnaval montecristeño.
El origen de la rivalidad: un incidente de 1923
La confrontación entre toros y civiles, tal como se conoce hoy, tiene un origen concreto según la crónica publicada por Diario Libre: en 1923, durante los festejos, el fuete de un "toro" golpeó accidentalmente el rostro de un joven de una familia acomodada de la ciudad. El incidente no quedó impune: los civiles empezaron a salir a las calles armados con fuetes propios, hechos de bejuco de ciprés y cartón para proteger el pecho, y a confrontar directamente a los toros. Esa respuesta espontánea se convirtió, con los años, en el eje central de la fiesta.
Las reglas del enfrentamiento, aunque informales, se respetan: en teoría un toro se enfrenta a un civil a la vez, aunque en la práctica los civiles suelen atacar en grupo para compensar la ventaja física o el ánimo del toro de turno. Quien hace de toro —generalmente jóvenes de sectores populares— usa una máscara de orejas cortas, sin cuernos, con rejilla en los ojos para poder ver sin exponer el rostro a los golpes; el civil decide si protegerse el cuerpo con algún tipo de acolchado o enfrentar el fuete prácticamente desprotegido.
Cuándo se celebra y por qué cambió de fecha
Según la Enciclopedia Dominicana y el diario Hoy, el carnaval de Montecristi se celebraba originalmente durante la Cuaresma, el período de austeridad católica previo a la Semana Santa. Fue el presidente Ulises Heureaux ("Lilís") quien ordenó, en el siglo XIX, que la festividad se trasladara para coincidir con las celebraciones de la Independencia Nacional, proclamada el 27 de febrero de 1844. Desde entonces, el carnaval montecristeño se celebra cada domingo de febrero, con una fuerte carga patriótica que se suma a la religiosa y a la puramente festiva —una combinación que, según los cronistas locales, es habitual en los carnavales dominicanos surgidos tras la independencia, cuando la fiesta se convirtió también en una forma de afirmar identidad nacional frente a la ocupación haitiana reciente.
Diario Libre ubica el cierre de la temporada carnavalesca en Montecristi el 3 de marzo, es decir, el domingo posterior al 27 de febrero, aunque la fecha exacta de cierre puede variar ligeramente cada año según en qué día caiga el último domingo del ciclo.
Más allá de los toros: el resto del elenco
El carnaval de Montecristi no se agota en la rivalidad toros-civiles. La tradición reconoce otros tres elementos centrales, según la Enciclopedia Dominicana:
- El oso Nicolás, otro personaje enmascarado que participa en las comparsas callejeras.
- La Robalagallina (también llamada tití-manatí), una figura cuyo origen se remonta, según la tradición oral, a un grupo de unos sesenta haitianos que llegaron a vivir con doña Emilia Jiménez Pereyra alrededor de 1900 y que, para el carnaval, se disfrazaban con almohadas en la parte trasera del cuerpo y paños de colores en la cabeza.
- Las comparsas, representaciones teatrales callejeras que evolucionaron desde simples bailes hasta dramatizaciones con guion propio, muchas veces cargadas de crítica social o política. La primera comparsa documentada de la que se tiene registro, "El diablo la Hoz", data de 1924 y estuvo influenciada por el creador Pinto Santos, cuyos personajes —el médico, el diputado, la muerte, el diablo— siguen apareciendo cada año.
Un carnaval menos conocido, pero igual de vivo
A diferencia del carnaval de La Vega o el de Santiago, que atraen a decenas de miles de visitantes y cobertura mediática nacional cada febrero, el de Montecristi sigue siendo, en gran medida, una fiesta de puertas adentro: la protagonizan sobre todo los propios montecristeños, en las calles de su ciudad, sin el aparato turístico de otras provincias. Eso no le resta autenticidad; si acaso, la refuerza. Para quien visite el noroeste dominicano durante un domingo de febrero, presenciar el enfrentamiento entre toros y civiles —con el estruendo de los fuetes, las máscaras improvisadas y el fervor de un pueblo que lleva más de un siglo defendiendo su propia versión del carnaval— ofrece una ventana a una tradición que combina herencia española, africana, haitiana y un fuerte sentido de identidad local, forjada, casi literalmente, a golpes de fuete.
