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Cultura · 5 min de lectura

Larimar: la piedra azul que el mundo solo encuentra en República Dominicana

Una gema del color del mar Caribe que se formó hace millones de años bajo las montañas de Barahona y hoy es símbolo nacional declarado por ley.

Piedras de larimar pulidas mostrando sus tonos azules y turquesa

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Una piedra que solo el Caribe pudo crear

En las estribaciones de la Sierra de Bahoruco, al suroeste de Barahona, la tierra guarda un mineral que no existe en ningún otro punto del planeta con la intensidad y el color que ahí se encuentra: el Larimar. No es un diamante ni una esmeralda, pero para República Dominicana tiene un valor que va más allá de los quilates. Es una variedad azul de la pectolita, un silicato de calcio y sodio que en su forma común aparece blanco o gris. Solo en el suroeste dominicano ese mismo mineral adquiere una gama de azules y turquesas que recuerda, casi de manera literal, los colores del mar Caribe.

Esa singularidad geológica convirtió al Larimar en piedra nacional de la República Dominicana y en el eje económico de comunidades enteras que, desde hace medio siglo, viven de extraerlo, tallarlo y convertirlo en joyas que hoy se venden en todo el mundo.

El sacerdote que llegó primero, medio siglo antes de tiempo

La historia del Larimar tiene un capítulo olvidado. El 22 de noviembre de 1916, el padre Miguel Domingo Fuertes Loren, párroco de Barahona, solicitó a las autoridades permiso para explorar y explotar una extraña "roca azul" que había encontrado en la zona. La solicitud fue denegada: en ese momento, en pleno período de la ocupación militar estadounidense, nadie tenía referencias de que existieran pectolitas en la región y el hallazgo no se tomó en serio. La roca azul del padre Fuertes quedó enterrada, sin nombre, durante 58 años.

El hallazgo de 1974 y un nombre que mezcla una hija y el mar

La historia retomó su curso en 1974, cuando el dominicano Miguel Méndez y el voluntario del Cuerpo de Paz estadounidense Norman Rilling encontraron piedras azules sueltas en una playa cercana a Barahona, arrastradas desde las estribaciones de la Sierra de Bahoruco. Al rastrear su origen llegaron hasta el paraje de Los Chupaderos, en la sección Los Checheses, unos diez kilómetros al suroeste de la ciudad.

Méndez bautizó la piedra combinando el nombre de su hija, Larissa, con la palabra "mar", en referencia al lugar donde había aparecido y al tono que comparte con las aguas del Caribe. Así nació el nombre comercial "Larimar", con el que hoy se conoce en joyerías de medio mundo, aunque en círculos mineralógicos también se le identifica como "pectolita azul de la República Dominicana".

Cómo se formó bajo tierra

El Larimar es hijo de una combinación poco común entre vulcanismo antiguo y formaciones calizas. Durante el Mioceno, hace millones de años, rocas volcánicas como andesitas y basaltos hicieron erupción dentro de estratos de caliza en el sur de la isla. Con el paso del tiempo, esas rocas desarrollaron cavidades que fueron rellenándose de manera secundaria con pectolita. La sustitución parcial de calcio por cobre dentro de la estructura del mineral es lo que le otorga su característico color azul, algo que no ocurre en los yacimientos de pectolita de otras partes del mundo. Se estima que apenas un 30% de lo extraído alcanza la calidad necesaria para convertirse en gema de joyería; el resto se aprovecha en piezas artesanales de menor exigencia.

Los Chupaderos: la comunidad que vive bajo tierra por la piedra azul

La mina de Los Chupaderos, también conocida como La Filipina, es hasta hoy el yacimiento principal y prácticamente el único del mundo. El paisaje alrededor combina vegetación de bosque húmedo con un entramado de cerca de dos mil pozos y túneles verticales, algunos de los cuales alcanzan profundidades cercanas a los 500 metros. Cuadrillas de mineros bajan a diario a extraer manualmente la roca, que luego se separa a mano de la grava y se traslada a la superficie para su clasificación.

Se calcula que alrededor de 1,200 personas trabajan directa o indirectamente en la extracción, entre mineros dominicanos y haitianos, organizados en decenas de pozos con sus respectivas cuadrillas. La actividad ha sido, durante décadas, el principal sostén económico de comunidades rurales de la provincia Barahona, una de las zonas históricamente más golpeadas por la pobreza en el país.

La relación entre el Estado, las cooperativas de extractores y los consorcios privados no siempre fue sencilla: en 1988 estallaron disputas laborales importantes en torno al control de la mina, que finalmente se resolvieron con mediación de la Iglesia católica, la misma institución que, sin saberlo, había estado ligada al Larimar desde su primer hallazgo en 1916.

De la mina al taller: por qué la piedra no sale en bruto

Una particularidad de la política minera dominicana en torno al Larimar es la restricción a la exportación de piedra sin trabajar. La medida busca que el valor agregado del tallado y la elaboración de joyas se quede en el país, en lugar de que la materia prima salga hacia el exterior para ser procesada y comercializada por terceros. Esto ha impulsado, sobre todo en Santo Domingo y en la propia Barahona, un oficio artesanal de talladores y joyeros especializados en trabajar la piedra, generalmente combinada con plata, para producir aretes, collares y anillos que se han convertido en uno de los recuerdos más buscados por quienes visitan el país.

Un símbolo reconocido por ley

El reconocimiento oficial llegó en 2018, cuando el Congreso Nacional aprobó la Ley No. 17-18, que declaró el 22 de noviembre como el Día Nacional del Larimar, en homenaje a la fecha de la solicitud del padre Fuertes Loren en 1916. La norma no solo fija una efeméride: reconoce al Larimar como una gema única en el mundo, autóctona de suelo dominicano, y como parte del patrimonio natural e identitario del país.

Hoy, cada pieza de Larimar que llega a una vitrina lleva consigo esa historia doble: la de un sacerdote al que le dijeron que no en 1916, y la de un padre que, casi seis décadas después, le dio a esa misma piedra el nombre de su hija y del mar que la formó.

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