Cultura · 6 min de lectura
Las atabales: tambores de la herencia africana
Tres cueros, una cofradía y un santo. Las atabales no son folklore de postal: son fe, memoria y resistencia que todavía suena.
Las atabales —o palos— son el hilo africano que el Caribe no dejó cortar. Tambores de distinto tamaño, toques para el santo, cantos que suben como incienso. En muchas comunidades no es espectáculo: es obligación sagrada.
Llegan con las cofradías, con el velorio, con la fiesta de palos. El cuerpo entra en trance o, al menos, en otro tiempo. Quien no ha sentido un palo de cerca no ha oído del todo la isla.
Durante décadas se les miró con recelo desde lo «decente». Esa vergüenza es colonial. Hoy, cada vez más, se enseña, se graba y se respeta. No para musealizarlos, sino para que los jóvenes no crean que la dominicanidad empieza en el merengue de hotel.
Escuchar atabales es aceptar que este país es mestizo de verdad, no de discurso. El cuero habla cuando el papel se queda corto.