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Cultura · 5 min de lectura

Las Cachúas de Cabral: el carnaval cimarrón que se celebra después de la Semana Santa

En Cabral, Barahona, una tradición de origen cimarrón toma las calles con máscaras de papel, alas de murciélago y el chasquido del fuete.

Máscara de carnaval colorida y artesanal, similar a las que se usan en tradiciones festivas populares

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Un carnaval que no sigue el calendario del Carnaval

Casi todos los carnavales dominicanos —el de La Vega, el de Santiago, el de Cabral mismo en su versión de febrero— se celebran antes de la Cuaresma, siguiendo el calendario católico tradicional. Las Cachúas de Cabral rompen esa regla: su celebración más importante ocurre después de la Semana Santa, entre el Sábado Santo y el Lunes de Pascua, en el municipio de Cabral, provincia de Barahona, en el suroeste del país.

Ese desfase no es un descuido ni una curiosidad de calendario. Según los propios portadores de la tradición, tiene que ver directamente con su origen: no nació como una fiesta de la Iglesia, sino como un acto de libertad protagonizado por personas esclavizadas que encontraron en esos días de asueto religioso una oportunidad para expresarse.

El origen: los cimarrones del maniel de Los Naranjos

De acuerdo con Temístocles Féliz Suárez, uno de los líderes históricos de la tradición en Cabral, las cachúas se originaron en los rituales de los cimarrones —personas esclavizadas que escaparon y formaron comunidades libres, llamadas maniel— que habitaron el maniel de Los Naranjos, un asentamiento ubicado a unos tres kilómetros al suroeste de Cabral. Durante la Semana Santa, cuando a las personas esclavizadas se les permitía cierta pausa y movimiento, estas comunidades aprovechaban para casarse, celebrar y disfrazarse, combinando la fiesta con lo que se describe como "un grito profundo de libertad".

El gestor cultural Yassir Féliz sitúa el origen de la tradición hacia la segunda década del siglo XIX. Según los relatos recogidos en Cabral, la celebración llegó a desaparecer durante aproximadamente un siglo, hasta que resurgió alrededor de 1890 y, desde entonces, se ha mantenido viva de generación en generación hasta nuestros días.

De las pieles de chivo a las alas de murciélago

El vestuario de las cachúas ha cambiado bastante a lo largo de más de un siglo, y ese cambio en sí mismo cuenta parte de la historia. En sus primeras versiones, hace más de cien años, los disfraces se hacían con materiales rudimentarios y disponibles en el entorno rural: pieles de chivo y de res, hierbas y hojas, y máscaras fabricadas con piel y con concha de carey o de hicotea (una especie de tortuga).

Entre 1910 y 1920 el disfraz evolucionó hacia lo que hoy se reconoce como la imagen típica de la Cachúa: se incorporaron alas, mantas y cruces, y las máscaras comenzaron a fabricarse con papel —hoy, específicamente, con papel vejiga de colores, nunca pintado— trabajado a mano con diseños que evocan la fauna local y con adornos de cintas en el cabello que producen sonido al moverse. Fue también en esta etapa cuando aparecieron los característicos cuernos ("cachos") que hoy distinguen a las Cachúas de cualquier otro personaje de carnaval dominicano.

El disfraz completo, un mameluco de diseño sencillo, se completa con esas alas desplegadas que evocan "el vuelo libre, casi oscuro, de un murciélago", según describen quienes documentan la tradición en Cabral. La cruz que se incorpora al pecho tiene una lectura cristiana clara: representa protección frente al mal, en una fusión de simbología africana y católica que es común en buena parte del patrimonio afrodominicano.

El fuete: el instrumento que también es advertencia

Ningún relato sobre las Cachúas de Cabral está completo sin mencionar el fuete, un látigo trenzado con cabuya que cada Cachúa lleva y hace restallar en el aire. El sonido seco del fuete cumple una doble función: es, por un lado, un instrumento más dentro del ambiente sonoro de la fiesta —junto a tambores y otros elementos rítmicos— y, por otro, una señal de la energía combativa y desafiante que caracteriza a este personaje, heredera de aquel "grito de libertad" original de los cimarrones.

Quienes han documentado la fiesta insisten en que ese fuete no es un accesorio decorativo: es parte del código completo del personaje, tan importante como la máscara o las alas para que una Cachúa sea reconocida como tal por la comunidad.

Cómo se vive hoy en Cabral

La tradición se organiza en comparsas, entre las que destaca la agrupación conocida como "Fuete o Jumbo", coordinada en la actualidad por gestores culturales locales como Yassir Féliz, quienes trabajan activamente en la transmisión del oficio a nuevas generaciones. Ese trabajo de transmisión no es simbólico: los artesanos más jóvenes que aprenden a fabricar las máscaras son supervisados de cerca por los portadores tradicionales, precisamente para que la técnica —el papel vejiga sin pintar, el diseño de la máscara, la forma de las alas— no se pierda ni se simplifique con el tiempo.

Quienes han estudiado la fiesta suelen resumir su identidad en tres palabras: originalidad, colorido y música. A diferencia de otras tradiciones carnavalescas dominicanas que han incorporado elementos comerciales o de espectáculo masivo, las Cachúas de Cabral mantienen un carácter marcadamente local y artesanal, sostenido por familias y comparsas del propio municipio.

Por qué importa conservarla

Las Cachúas de Cabral son, junto con los Guloyas de San Pedro de Macorís, los Congos de Villa Mella y el Gagá de los bateyes, una de las piezas del mosaico de tradiciones afrodominicanas que conectan directamente con la historia de la esclavitud, el cimarronaje y la resistencia en la isla. A diferencia de esas otras tradiciones, que ya cuentan con reconocimientos formales de organismos como la Unesco, las Cachúas siguen siendo, sobre todo, una fiesta sostenida por la memoria oral y el trabajo constante de sus portadores en Cabral, sin que las fuentes consultadas para este artículo confirmen algún título de patrimonio inmaterial otorgado a nivel internacional. Eso hace que cada Semana Santa, cuando las alas de murciélago y el chasquido del fuete vuelven a tomar las calles de Cabral, sea también un recordatorio de cuánto depende esta memoria del trabajo directo de la gente que la mantiene viva, año tras año, sin más respaldo que su propia voluntad de no dejarla morir.

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