Saltar al contenido

Cultura · 6 min de lectura

El Faro a Colón: la cruz de luz que vela sobre Santo Domingo

Casi un siglo de espera, un concurso con arquitectos de medio mundo y una polémica que nunca se apagó: la historia real detrás de la gran cruz de luz de Santo Domingo.

Estatua de Cristóbal Colón señalando al cielo, símbolo del monumento al Descubrimiento en Santo Domingo

Compartir

Una idea que nació casi cien años antes de hacerse realidad

Si uno piensa que el Faro a Colón es cosa de ayer, se equivoca por completo. La idea de levantar un gran monumento al Descubrimiento en Santo Domingo la lanzó el historiador Antonio Delmonte y Tejada allá por 1852, cuando ni siquiera se imaginaba cómo sería la ciudad un siglo después. La propuesta quedó dormida por décadas, hasta que el intelectual dominicano César Nicolás Penson Matos la rescató y la empujó con fuerza a principios del siglo XX. En 1923, en la Quinta Conferencia Panamericana celebrada en Santiago de Chile, los países del continente aprobaron oficialmente la construcción de un monumento al Descubrimiento de América, con la cooperación de todas las naciones americanas. Santo Domingo, como "Primada de América", tenía el lugar reservado por derecho propio.

Un concurso de arquitectura con bandera dominicana y ganador escocés

Entre 1929 y 1931 se organizó un concurso internacional de arquitectura para diseñar el monumento, y aquí viene un dato que sorprende a más de uno: participaron arquitectos de medio mundo, incluyendo nombres que luego serían gigantes de la arquitectura moderna, como el finlandés Alvar Aalto. Pero el diseño ganador fue del arquitecto escocés Joseph Lea Gleave, quien propuso algo nada tímido: una estructura descomunal en forma de cruz latina, pensada para que de noche proyectara, literalmente, una cruz de luz en el cielo caribeño. Un gesto bien dominicano, eso de no quedarse corto cuando se trata de honrar algo grande.

De Trujillo a Balaguer: casi cuarenta años de espera

El primer palazo lo dio Trujillo el 14 de abril de 1948, con el ingeniero Teófilo Carbonell al frente de la construcción. Pero la obra no avanzó como se esperaba. La desconfianza hacia los gobiernos extranjeros que debían aportar fondos, sumada a los vaivenes políticos del país, dejó el proyecto prácticamente congelado por casi cuatro décadas. No fue hasta 1986, ya con Joaquín Balaguer en el poder, que se retomaron los trabajos con otro ritmo y otra urgencia: había que terminarlo a tiempo para una fecha que no admitía atrasos.

Esa fecha era 1992, el año del Quinto Centenario del Descubrimiento de América. Y así, entre prisa, polvo y un costo que se estima en unos setenta millones de dólares, el Faro a Colón finalmente se inauguró el 6 de octubre de 1992, convertido ya en una de las obras más ambiciosas —y más discutidas— de la era de Balaguer.

Doscientos metros de concreto con forma de cruz

Lo que hoy se levanta en el Parque Mirador del Este, al otro lado del río Ozama, es una mole de unos 210 metros de largo, 60 de ancho y 36 metros en su punto más alto, toda ella trazada en forma de cruz latina. Adentro no hay un solo salón vacío: son 48 salas de exhibición repartidas entre un museo arqueológico, uno de cerámica e iconografía, una biblioteca, una mapoteca y espacios para exposiciones temporales, además de un centro de convenciones. Todo ese despliegue gira alrededor de una capilla-mausoleo, pensada como el corazón simbólico del monumento.

Por las noches, unos 150 reflectores encienden el techo y proyectan en el cielo una cruz luminosa que, en sus mejores tiempos, llegaba a verse desde decenas de kilómetros. El detalle es tan espectacular como caro: encender el faro consumía tanta corriente que, según cuentan los vecinos de la zona, provocaba apagones en los barrios cercanos cada vez que se activaba. Imagínate la vaina: la ciudad honrando al Descubrimiento a pura cruz de luz, mientras al lado se quedaban sin bombilla en la casa.

El misterio que el faro nunca resolvió

Dentro del mausoleo reposa, según la versión oficial, parte de los restos de Cristóbal Colón. Pero ahí está el enredo que lleva siglos sin aclararse del todo. Colón murió en Valladolid en 1506, y su hijo Diego organizó el traslado de sus restos a la Catedral de Santo Domingo en 1537. De ahí la historia se complica: hubo traslados posteriores hacia Cuba y luego hacia Cádiz, en España, en medio de una práctica común de la época —la descarnación, o separación parcial de huesos— que dejó espacio para que tanto Santo Domingo como Sevilla reclamen tener restos auténticos del almirante. No es un debate que uno vaya a resolver tomándose un café, pero sí explica por qué el mausoleo sigue generando conversación hasta el día de hoy, con historiadores de ambos lados del Atlántico defendiendo su versión.

Un monumento que sigue dividiendo a los dominicanos

El Faro a Colón nunca fue un proyecto que dejara a todo el mundo contento. Para algunos es un símbolo necesario, una forma de que Santo Domingo —la primera ciudad europea permanente de América— reclame su lugar en la historia del Descubrimiento. Para otros, representa un gasto faraónico en años en que el país tenía necesidades más urgentes, y un homenaje incómodo a una figura cuya llegada también significó el inicio de la colonización y el sufrimiento de los pueblos originarios. Esa tensión no se resolvió en 1992 y probablemente no se resuelva nunca, pero es parte de lo que hace del Faro algo más que un edificio bonito para la foto: es un lugar donde la historia dominicana, con sus glorias y sus contradicciones, quedó literalmente construida en concreto.

Hoy, con remodelaciones recientes que buscan devolverle brillo a sus reflectores y visitantes a sus salas, el Faro sigue ahí, parado en el este de la capital, recordándole a cualquiera que se asome que Santo Domingo no solo vio nacer la primera catedral y la primera universidad de América: también se atrevió a construir, con sus propias manos y sus propias dudas, un monumento que todavía hoy da de qué hablar.

Datos que vale la pena recordar

  • La idea original data de 1852, propuesta por el historiador Antonio Delmonte y Tejada.
  • El diseño ganador del concurso internacional (1929-1931) es del arquitecto escocés Joseph Lea Gleave.
  • La construcción empezó en 1948 bajo Trujillo y se retomó en 1986 bajo Balaguer.
  • Se inauguró el 6 de octubre de 1992, para el Quinto Centenario del Descubrimiento de América.
  • Tiene 210 metros de largo y 36 metros de altura máxima, con forma de cruz latina.
  • Alberga 48 salas de exhibición, museos, biblioteca, mapoteca y la capilla-mausoleo atribuida a Colón.
← Más cultura dominicana