Cultura · 6 min de lectura
La Ciguapa: el misterio de la mujer de los pies al revés
La criatura más famosa del folclore dominicano nació en un cuento de 1866 y hoy sigue habitando las montañas de la imaginación popular.

Una mujer que nadie ha visto, pero todos conocen
En las zonas rurales de la Cordillera Central, en Samaná o en las lomas del Cibao, es raro encontrar a alguien que no haya escuchado, de boca de un abuelo o una tía, la advertencia de no internarse solo en el monte después de cierta hora: "cuidado con la ciguapa". La figura es tan dominicana como cualquier plato o ritmo del país, y sin embargo pocos saben que su historia escrita tiene una fecha de nacimiento precisa y un autor con nombre y apellido.
El cuento que la puso en papel por primera vez
El primer registro conocido de la ciguapa como personaje aparece en 1866, en un relato corto titulado justamente "La Ciguapa", publicado en el periódico dominicano *El Tiempo* por el escritor puertoplateño Francisco Javier Angulo Guridi. En esa versión original, la criatura no tenía todavía la característica por la que hoy se la reconoce de inmediato: los pies al revés. Angulo Guridi la describió como una mujer de gran belleza, de piel dorada, ojos negros almendrados, cabello largo y bien cuidado hasta las rodillas, que medía apenas unos tres pies de altura —sin que esto se debiera a enanismo— y que caminaba apoyada en un bastón. No podía hablar: solo emitía aullidos, y se la presentaba como celosa de los amores humanos.
Antes de ese cuento no existe ningún testimonio documentado de la ciguapa, ni en las crónicas coloniales españolas sobre los taínos ni en ninguna otra fuente anterior al siglo XIX. Eso convierte a 1866 en el punto de partida verificable del mito, aunque —como suele ocurrir con el folclore— lo que vino después se encargó de transformarla por completo.
Los pies al revés, una incorporación posterior
El rasgo más popular de la ciguapa en la actualidad, sus pies vueltos hacia atrás, no estaba en el relato fundacional. Fue añadido en reinterpretaciones posteriores del personaje, junto con la idea de que la criatura usa su atractivo para seducir a los hombres y hacerlos desaparecer en el monte, un poco al estilo de una sirena de montaña en lugar de mar. Según el sitio especializado en folclore dominicano Mi País, de José Marcano, hoy se la describe generalmente como una mujer de tez morena, ojos negros y una cabellera larga y lustrosa que le sirve de única vestimenta, habitante de cuevas y bosques de zonas montañosas, tímida y esquiva, que emite un gemido suave conocido como "jipido" como única forma de comunicarse. Las versiones varían: algunas la describen de cuerpo pequeño y desproporcionado, otras con piernas largas y esbeltas, señal de que se trata de un relato vivo que cada narrador ajusta a su manera.
¿Taína, africana o inventada en Cuba?
El origen de la ciguapa es, hasta hoy, objeto de debate entre quienes investigan el folclore dominicano, y no existe una respuesta única y comprobada. Una de las líneas de interpretación más repetidas conecta el nombre con los ciguayos, el grupo indígena que habitaba la península de Samaná y era conocido por su cabello largo. El historiador dominicano Emiliano Tejera sostuvo que "ciguayo, ciguapa, ciguatera son todas palabras taínas" y vinculó así a la criatura con esa etnia precolombina, aunque reconociendo que el mito como tal no aparece documentado en las crónicas de Indias sobre creencias taínas.
Otra hipótesis, planteada por el historiador Carlos Larrazábal Blanco en 1975, relaciona a la ciguapa con los cimarrones descendientes de taínos que se escondían en las montañas, y sugiere que la idea de los pies al revés podría derivar de la práctica de caminar hacia atrás para despistar a quienes los perseguían, dejando huellas que parecían ir en la dirección contraria.
Una tercera lectura, más reciente, cuestiona directamente el origen indígena. La historiadora Ginetta Candelario ha propuesto que Angulo Guridi, quien vivió varios años en Cuba, pudo haberse inspirado en el folclore cubano para crear a la ciguapa, dado que esa palabra ya se usaba allí como nombre popular de una especie de lechuza antes de 1866. De ser así, la criatura sería menos una herencia taína transmitida de generación en generación y más una invención literaria del siglo XIX que, con el tiempo, el pueblo dominicano terminó adoptando como propia hasta convertirla en mito oral. Ninguna de estas teorías cuenta con evidencia definitiva, y conviven hoy como explicaciones alternativas de un mismo enigma.
Un personaje con parientes en otras culturas
Lo intrigante es que figuras con rasgos muy similares aparecen en tradiciones de lugares muy distantes. En Brasil existe el "curupira", un espíritu protector del bosque cuyos pies también apuntan hacia atrás para confundir a los cazadores, y hay reportes de ese mito en crónicas brasileñas que se remontan al siglo XVI. En la tradición del sur de Asia existe además el "churel", un espíritu descrito en algunos relatos recogidos por Rudyard Kipling, al que también se le atribuyen pies invertidos y un carácter seductor y peligroso. Estas coincidencias alimentan tanto la teoría de un origen común entre pueblos arahuacos que migraron desde la cuenca del Orinoco hacia las Antillas, como la posibilidad, más simple, de que distintas culturas hayan imaginado por separado a una criatura parecida como forma de explicar lo desconocido del bosque.
Por qué sigue viva
Más allá de su origen incierto, la ciguapa ha tenido un recorrido literario notable dentro de la cultura dominicana. Escritores como Juan Bosch y Joaquín Balaguer, entre otros autores del siglo XX, se ocuparon del tema en distintos momentos, contribuyendo a fijarla como parte del imaginario nacional. Hoy la criatura aparece en libros infantiles, ilustraciones, piezas de arte y conversaciones de sobremesa, cumpliendo la función que cumplen los mitos de monte en cualquier cultura: poner nombre y rostro a lo que inquieta de la naturaleza y advertir, de paso, a quien se adentra solo en ella después del anochecer. Que nadie la haya visto nunca de forma comprobada no ha impedido que, generación tras generación, siga siendo tan real como cualquier otra parte de la identidad dominicana.
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