Cultura · 6 min de lectura
La Sarandunga de Baní: el baile-rito que nació del cimarronaje
Tres tambores, una güira y un santo: la tradición banileja que conecta la fuga de esclavizados hacia la Sierra de Bahoruco con la fe en San Juan Bautista.

Un baile que nació del cimarronaje
En el sur de República Dominicana, en los alrededores de Baní, se conserva una tradición que pocas veces figura junto al merengue o la bachata en las listas de folclore nacional, aunque para los banilejos es igual de central: la Sarandunga. No es solo un baile ni solo una fiesta patronal; es, según los folcloristas que la han estudiado, un ritual que combina música, religión y memoria histórica en una sola expresión.
La versión más documentada de su origen la vincula con el cimarronaje, es decir, con la huida de personas esclavizadas de los ingenios azucareros que existían en la zona de Haina, Nigua y Nizao durante la época colonial. Quienes escapaban de las plantaciones cruzaban las montañas en dirección a la Sierra de Bahoruco buscando libertad, y en ese trayecto encontraban en un valle llamado La Vereda un lugar con protección natural y recursos suficientes para descansar antes de continuar la huida o, en algunos casos, para quedarse a vivir de forma permanente. Existe también una versión más popular y menos verificable que atribuye el origen de la Sarandunga a un comerciante de ganado, identificado en algunas fuentes como Piobisco Martínez, quien habría traído desde Haití una imagen de San Juan Bautista junto con tres tambores pequeños, dando inicio a la práctica que sus descendientes mantuvieron viva generación tras generación. Ambas versiones circulan entre quienes han recogido la tradición oral de la zona, y no hay consenso documental cerrado sobre cuál es más exacta, así que conviene tomarlas como relatos complementarios más que como una única verdad histórica confirmada.
San Juan Bautista, el agua y el fuego
Lo que sí está más claro es el significado religioso. La Sarandunga gira alrededor de la devoción a San Juan Bautista, una figura que en la cosmología de quienes practican esta tradición representa simultáneamente el fuego y el agua. La folclorista Manuela Féliz explica que llevar la imagen del santo hasta el río, uno de los momentos centrales de la celebración, representa justamente "la parte del agua" del ritual, el momento en que los devotos reciben una suerte de bendición purificadora. Según otra lectura de su origen afrodescendiente, el río también simbolizaba para los antiguos practicantes un regreso simbólico a África, un gesto de memoria hacia el continente de origen de sus ancestros.
Tres fechas, tres lugares
La Sarandunga no ocurre una sola vez al año ni en un solo lugar: se celebra en tres momentos distintos, todos ligados al calendario de San Juan Bautista. El primero es el 23 de junio, en Pueblo Nuevo. El segundo es el 29 de junio, en la ermita de Hilda Peguero, en el paraje conocido como Fundación. El tercero ocurre dos semanas después en La Vereda, el valle que la tradición identifica como el lugar original donde se refugiaron los cimarrones. Cada una de estas celebraciones reúne a la comunidad alrededor de la imagen del santo, la música y el baile, en una secuencia que algunos investigadores describen como una suerte de peregrinación ritual repartida en el tiempo.
Los tambores, la güira y los tres ritmos
La instrumentación de la Sarandunga es sencilla pero muy particular: tres tambores pequeños, que los músicos tocan sujetos entre las piernas, y una güira de metal, cuyo origen también se rastrea hasta tradiciones africanas. Sobre esa base rítmica se despliegan tres estilos de baile diferenciados. La Jacana es el más solemne, descrito por algunos folcloristas como el más señorial de todo el folclore dominicano, reservado tradicionalmente para los mayores de la comunidad. La Capitana y la Bomba, en cambio, son mucho más rápidos y dinámicos, con pasos vivos que suelen protagonizar los más jóvenes. La música se organiza con la técnica coral de llamada y respuesta —un solista que canta una frase y el coro que responde—, un recurso que también tiene raíces africanas y que aparece en otras tradiciones musicales afrodominicanas.
Los cofrades: guardianes de la tradición
Quienes sostienen la Sarandunga año tras año se conocen como cofrades, miembros de una suerte de hermandad religiosa y cultural comprometida con mantener viva la celebración. No se trata de artistas contratados para una presentación puntual, sino de familias y vecinos que asumen la tradición como una responsabilidad transmitida de generación en generación, muchas veces desde la infancia. Esa transmisión oral y comunitaria, sin partituras ni manuales escritos, es parte de lo que hace tan frágil —y tan valiosa— este tipo de patrimonio.
¿Patrimonio de la UNESCO? Todavía no
Aquí conviene ser preciso, porque es fácil asumir lo contrario: la Sarandunga de Baní no figura, hasta la fecha, entre los elementos de República Dominicana inscritos en la Lista Representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la UNESCO. Esa lista incluye actualmente cuatro elementos dominicanos: la música y el baile del merengue (inscrito en 2016), la música y el baile de la bachata (2019), los saberes y prácticas en torno al pan de yuca (2024), y el espacio cultural de la Cofradía del Espíritu Santo de los Congos de Villa Mella junto con la tradición del teatro bailado cocolo (ambos desde 2008). La Sarandunga no está entre ellos.
Sí existen voces, como la del sociólogo Roldán Mármol, que han planteado públicamente que la tradición merece ser considerada por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, dado su valor histórico como testimonio del cimarronaje y de la religiosidad popular afrodominicana. Pero eso, por ahora, es una propuesta y no un hecho consumado, y cualquier texto que afirme lo contrario está adelantando una declaratoria que todavía no existe.
Por qué vale la pena conocerla
Más allá de la discusión sobre reconocimientos internacionales, la Sarandunga importa porque es una de las pocas tradiciones dominicanas que conserva, casi intacta, una conexión directa y verificable con la experiencia de las personas esclavizadas que huyeron hacia la libertad en la Sierra de Bahoruco. Cada 23 y 29 de junio, y en la fecha de La Vereda dos semanas después, quien viaje hasta Baní puede presenciar en vivo un ritual que ha sobrevivido siglos de cambios sociales, migraciones internas y la llegada de géneros musicales más comerciales, sin perder su función original: honrar a un santo, recordar un origen y mantener unida a una comunidad alrededor de tres tambores y una güira.
