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Cultura · 6 min de lectura

Los Diablos Cojuelos: el carnaval dominicano

Máscaras, vejigas y colores que no piden permiso. El diablo cojuelo es juego, crítica y memoria africana e ibérica a la vez.

Carnaval dominicano con luces y disfraces de diablos cojuelos

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Si el carnaval dominicano tuviera un santo laico, sería el diablo cojuelo: cojea, persigue, golpea con vejiga y se ríe de los que corren. La máscara —cuernos, dientes, espejos, papelillo— es un altar portátil.

Hay genealogía española y raíz africana, y hay orgullo local: La Vega, Santiago, Santo Domingo, cada quien con su diablo. El disfraz cuesta meses de trabajo. No es souvenir; es identidad que se suda en febrero.

El juego tiene reglas no escritas: se corre, se grita, se perdona. Los turistas se asustan; los de aquí saben que el susto es parte del cariño. El carnaval limpia el año con ruido y con belleza extraña.

Mirar un diablo de cerca es entender que este país no es solo playa. También es máscara, crítica social y la certeza de que el mal, si se disfraza bien, se puede bailar.

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