Cultura · 5 min de lectura
La mangulina, el vals criollo del Sur dominicano que pocos conocen
La mangulina, bailada como cola del carabiné en el Sur dominicano, es la versión criolla del vals que pocos conocen fuera de San Juan de la Maguana.

Un vals criollo que pocos conocen fuera del Sur
Cuando se habla de música dominicana, casi siempre la conversación se va directo al merengue y la bachata. Pero en las provincias del Sur —particularmente en San Juan de la Maguana y Las Matas de Farfán— sobrevive un baile mucho menos conocido en el resto del país: la mangulina. La folklorista Xiomarita Pérez la describe como la "versión criolla del vals", una pieza que durante generaciones se bailó en las fiestas de campo y los salones de pueblo del Sur dominicano, casi siempre pegada a otro ritmo con el que comparte escenario: el carabiné.
La mangulina no se presenta sola. Tradicionalmente se toca y se baila justo después del carabiné, y por esa razón se le conoce también como la "cola" del carabiné: el cierre tranquilo después de una pieza más enérgica. Comparte con él los mismos instrumentos y, en muchos pueblos del Sur, los mismos conjuntos de músicos que animan una noche entera pasando de un ritmo al otro sin que el público necesite levantarse de la pista.
El carabiné, su compañero de baile
Para entender la mangulina hay que entender primero al carabiné, porque ambos ritmos viajan juntos en la memoria musical del Sur. El carabiné es un ritmo secular que, según especialistas en folclore dominicano, se tocaba antiguamente en pueblos como Azua y Baní, además de San Juan de la Maguana, pero que hoy se conserva principalmente en Las Matas de Farfán y en comunidades rurales de esa misma provincia. Se interpretaba —y en algunos lugares todavía se interpreta— en forma de cuadrilla, dirigida por un guía que marcaba los cambios de figura, con una coreografía de carácter casi militar: parejas que avanzan, retroceden, giran y saltan siguiendo las órdenes de ese guía, como un eco lejano de las contradanzas europeas que llegaron a la isla siglos atrás.
En algunas comunidades rurales del Sur, el carabiné se entrelazó además con prácticas de las 21 Divisiones, la religiosidad popular dominicana, donde sus toques y su danza acompañan ciertos rituales. La mangulina, en cambio, se quedó con el lado puramente festivo de esa herencia: nada de posesiones, nada de cuadrillas militares. Es, según quienes la han descrito, un baile sin saltos ni figuras complicadas, pensado para disfrutarse en pareja en cualquier ocasión alegre, desde un cumpleaños hasta una fiesta patronal de pueblo.
Un ritmo de pareja, sin acrobacias
Lo que distingue a la mangulina dentro del universo de bailes folclóricos dominicanos es precisamente su sencillez. Mientras el carabiné exige coordinación de grupo y una especie de coreografía colectiva, la mangulina se baila en pareja, de manera suelta y cadenciosa, sin brincos ni pasos de exhibición. Esa cualidad —"versión criolla del vals"— no es casualidad: el vals europeo, con su giro constante y su ritmo ternario, dejó una huella profunda en buena parte de la música de salón que se desarrolló en el Caribe durante el siglo XIX, y la mangulina parece heredar ese carácter envolvente, aunque adaptado al acompañamiento típico dominicano.
Es importante decir, con honestidad, que la documentación histórica detallada sobre el origen exacto de la mangulina —quién la creó, en qué década precisa se consolidó como género independiente, o cómo pasó de ser acompañante del carabiné a tener identidad propia— es escasa en las fuentes periodísticas y folclóricas disponibles en español. Los textos consultados coinciden en su región de origen (el Sur dominicano), en su cercanía estructural con el carabiné y en su comparación con el vals, pero no ofrecen una fecha de nacimiento ni un autor documentado, algo común en expresiones populares que se transmitieron oralmente antes de que algún investigador las registrara por escrito. Cualquier fecha específica que se lea en otras fuentes sobre su creación debe tomarse con cautela, ya que no aparece respaldada de manera consistente.
Por qué vale la pena rescatarla
La mangulina importa no solo como curiosidad folclórica, sino como recordatorio de que la música dominicana es mucho más amplia que lo que suena en la radio comercial. Mientras el merengue y la bachata se convirtieron en fenómenos de exportación cultural, ritmos como la mangulina y el carabiné quedaron confinados a sus regiones de origen, sostenidos por grupos portadores de tradición, encuentros folclóricos y el trabajo de investigadores que documentan estas prácticas antes de que se pierdan con las generaciones mayores que todavía las recuerdan de primera mano.
En encuentros de "grupos portadores de tradiciones" que se han realizado en provincias como Montecristi, San Pedro de Macorís y otras zonas del país, se reúnen agrupaciones que mantienen vivas expresiones como los Guloyas, la Cofradía del Espíritu Santo de Cotuí, los Congos de Villa Mella y el gagá, entre muchas otras. La mangulina pertenece a ese mismo linaje de patrimonio vivo: no es un museo, sino una práctica que todavía se ejecuta, aunque de forma más discreta, en las provincias del Sur.
Cómo reconocerla si la escuchas
Para quien visite San Juan de la Maguana, Las Matas de Farfán o pueblos cercanos durante una fiesta patronal o un encuentro folclórico, hay señas que ayudan a identificar la mangulina:
- Suele sonar inmediatamente después del carabiné, como cierre de esa secuencia musical.
- El baile se ejecuta en pareja, sin las figuras de cuadrilla ni los saltos del carabiné.
- Su cadencia recuerda al vals, con un vaivén más suave que el de otros ritmos típicos dominicanos.
- Comparte instrumentación con el carabiné, dentro del repertorio de música típica sureña.
- Se interpreta en ambientes festivos y comunitarios, no en contextos rituales o religiosos.
Rescatar y nombrar ritmos como la mangulina es también una forma de ampliar el mapa cultural dominicano más allá de lo que ya es ampliamente conocido. Cada provincia guarda sonidos propios, y el Sur, con el carabiné y su fiel compañera la mangulina, ofrece una muestra de que la identidad musical del país todavía tiene capítulos por contar fuera de los escenarios más populares.
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